Para ser felices



Para ser felices no necesitábamos más que una mañana y un día de sol, con todo su espacio para que jugáramos. O una tarde de entera de lluvia o granizo. O una noche hermosa de frío, con fuego, y abuelos que hablaban como libros sabios, como nunca más. O una madrugada en la que parían las vacas del pueblo y todos estaban atentos y al tanto, como dueños fieles de sus animales. O un atardecer en el que volvían las lanchas y nos daban todo lo que no servía: quisquillas y pulpos, anémonas y algas y estrellas de mar.

Y éramos felices. Lo afirmo y lo juro. Bastaba una teja o un trozo de tiza o una novedosa chapa de botella o un trapo con el que taparnos los ojos o una calabaza para el carnaval o unos rodamientos para un carromato o botes cosidos a un hilo de vela que nos ensoñaban y nos hacían ricos y nos permitían escuchar y hablar. O un grillo sonoro al que camelábamos con agua y con hierbas, pero no salía, o un yoyó casero con unos botones de una gabardina o un saco de plástico que tanto servía como un buen trineo o la mejor sábana para algún disfraz.

Nos sentíamos libres y conquistadores de charcos y sebes y hasta casi intérpretes de la soledad. Nada nos faltaba, no sobraba nada, poco conocíamos, y lo suficiente; bastante y de sobra había al alcance: en una luciérnaga en pleno verano, en una pistola hecha con astillas o en la boya vieja cogida en la mar. En cualquier caseta sobre cualquier árbol, en cualquier madero que nosotros viéramos algún parecido con un gran caballo que nos permitiera huir y cabalgar.

Éramos dichosos, a todas las horas, ellas y nosotros, con solo reír, con solo jugar: al pincho, a las prendas, a la rueda-rueda, al “esconderite”, a las cuatro esquinas, a indios y vaqueros, o a rescatar; al corro, a la goma, a formar un tren, a saltar la comba, a la “pita” ciega, a correr con sacos o con las madreñas, a saltar la comba, al aro, a los zancos o a calentar manos o esperar el tiempo y verlo pasar. Y nada anhelábamos con más ilusión que una canica, un resto de tela para una cometa, un cromo o un lápiz o una perinola un trozo de pan. Felices, contentos, plenos y conformes, tal vez más que ahora. Mucho, mucho más.

El sino del hombre




Dicen que crece el hambre y sé que no es mentira, pero en mi tierra están las frutas caídas por el suelo. Y los huertos callados y olvidados sus lindes y abatidos sus muros. Nadie baja al otoño con cestos deseosos de bayas y sabores. Nadie prueba el almíbar de cada primavera ni recolecta el bien de sus libres arbustos. Tan solo la alimaña se regocija y nutre del festín opulento de la naturaleza. Apenas los más jóvenes conocen las espinas del erizo ni han probado la carne de los escaramujos. De pronto hemos pasado de la nada al exceso. Y ya no recordamos la humildad de las uvas ni el tacto del membrillo ni el fragor del saúco de acostumbrarnos tanto a fingidos productos.

Dicen que hay hambre y sé que eso es muy cierto. Aquí, a pie de calle, muy cerca de nosotros. Mas en cualquier paraje se pudren las ciruelas al borde del camino y las tiernas castañas y los piescos maduros. No apetecen a nadie las manzanas ni el higo ni las moras ni el apio ni el orégano tímido que perfuma el verano. Nadie mira las nueces ni recoge las guindas. Nadie aprecia el arándano ni el fértil avellano ni los solos madroños ni el rubor de los prunos. En mi región parece que nos sobra de todo o que aquello que abunda se desecha o se tira; y es más fácil comprarlo adulterado y falso. Y pisamos bellotas y añoramos su harina, descastamos el fuego y pagamos por humo.

Dicen que terminamos con todo lo que existe. Que es el sino del hombre. Que su instinto es así. Porque apenas cuidamos lo mucho que perdura con su verdad de siempre, con su paciencia inmune. Y me extraña que aún se prenda la luciérnaga. Y que sigan los cuervos con su vuelo de luto. Me admira que madruguen las ardillas y el sol y que canten contentos el raitán y el cuclillo o que ahueque la noche la insistencia del búho. Me asombra que nos amen el perro y el caballo y todavía nos cedan su lana las ovejas y que no hayan cansado las aspas de la brisa ni se hayan obstruido las arterias del mundo. Me sorprende que el cielo no se haya desplomado o que la mar permita que profanemos más sus túneles cobalto. Me desconcierta el hombre, a veces, con sus poses. Porque dicen que hay hambre, pero somos un péndulo entre miseria y lujo.

Elegía en verano


TE enterramos de jueves, madre,
un jueves de verano, a principios de julio.
Si vieras cómo estaban la mar
y la mañana. Cómo cantaban
todos los pájaros del mundo.


Quisimos colocarte en el nicho
de arriba,
según entras al fondo,
a la izquierda, el más alto;
como siempre decías que, con pensar
estar a ras de suelo,
parecía que te ahogabas...
Estás en el de arriba, el último,
y si un día pudieras incorporarte
un poco
te gustaría saber que estás enfrente justo
de la nube de hortensias que rodean
tu casa.


Fue tan rápido todo... Ya ves, tú tan contenta
por un poco de pelo que crecía otra vez
tras la quimioterapia... y zas, la puta vida
o la maldita muerte. Pusimos la familia
no recibe, ya sabes..., por eso de no dar
tantos besos al aire. No pareció muy bien
a todos, claro... Cuántas flores trajeron.
El cuarto en el que estabas olía
como las fresas.
Y los que se acercaban a la caja
decían que te marchabas con la misma
sonrisa que nunca habías quitado
de la cara. No sé cómo lo hiciste
después de ser contigo tan injusta esta tierra.
Si supieras qué pena clavarte la morfina,
qué impotencia, qué rabia. Primero nos veías,
después ya no tragabas, poco a poco cerraste
los ojos y durante
dos días,
no pudimos más que pasar por tu cabeza
nuestras manos. Mirar cómo te ibas, nuestro todo,
a la nada.
Fue tan terrible, Ros. Recogerte los ramos,
cerrarte la madera, sacarte de tu casa... Saber
que para siempre.


Yo que te había plantado los cerezos
y tú que ibas a darme aquellas dalias...


En la esquela escribimos aquel verso
que dice alguna flor por mayo nacerá
con tu nombre. Mi padre todavía
no fue hasta el cementerio. Pero de casa
alguien va todas las semanas
a cambiarte las flores y acariciar
la lápida.


Cómo cambió la vida, madre. Puedo
seguir jurando que te quiero, como te quise,     
igual, así: te quiero. Pero antes
cualquier huella de ti sobre las cosas
me ilusionaba.


Hoy cualquier recuerdo tuyo
                        me parte el alma.

Metamorfosis


El tiempo y yo, dos sombras.
Jenaro Talens

METAMORFOSIS

Siento cómo voy acercándome al final,
cómo han cambiado en mí
el cuerpo y el carácter,
qué distinto me miran los árboles
que miro, cuántas cosas
atrás, qué breve este camino,
qué distancia tan grande.

Qué soledad asoma
cuando pienso en mañana,

cuánta herida en la piel
de cada tarde.

Siento
cómo voy avanzando hacia un incierto ser,
desprotegido y tímido,
tenaz ante la muerte por tener que dejarte.

(C) Aurelio González Ovies
Estancia Fugitiva, 2017

Enigma



Enigma es un poema de Aurelio González Ovies, publicado en el libro "Entonces" (BajAmar editores, 2017)

Ingente distancia



En este libro de artistas de Aurelio González Ovies y Elisa Torreira la distancia es compañera de la cercanía como la imagen de la palabra. Fotografías y textos se aproximan conservando el dominio de su ámbito característico. Podemos hacer hablar a las fotografias a través de la poesía de Aurelio y revestir de imágenes los versos a través de las visiones de Elisa. El libro es muy hermoso, amable en su textura, tamaño y tipografía. El hilo azul de las costuras es un sutil conductor y al encontrarlo en algunas de las páginas deviene en parte del diseño y algo de letra también tiene.

La distancia en las palabras del poeta se convierte en un éxtasis que nos devuelve hacia una interioridad plenamente asumida. Si algo nos falta es porque lo percibimos desde un siempre que no se entiende sin un nunca, desde un aquí que sin distancia nos consumiría. La falta es riqueza, el anhelo plenitud; el pasado infinito cabe en un milímetro:

Cuánto pasado
para haber caminado
tan escaso trayecto.

La ingente distancia de estos versos es la esencia del amor, la condición humana, la dialéctica del cerca y del lejor, el mito griego del rico y la pobre que engendran al opulento siempre carente enamorado de la belleza y que en su perpetuo movimiento necesita y abandona, arriba para zarpar de nuevo, para alejarse se acerca.

Mis ojos solo vieron
lo que nunca miraste.
Mi voz ahora pronuncia
lo que ya no comprendes.

Es siempre asombroso constatar cómo la negación puede afirmarnos y cómo y en las palabras del clásico el orden es la mudanza. No hay estatismo aunque nuestro devenir pareciera apetecerlo. El instante siempre escapará y esa es su única eternidad posible. Solo en un trance místico -y también será apariencia- podríamos dejar nuestro cuidado olvidado entre las azucenas. Las horas pasan y vulneran todas, la última quién sabe si lo sea:

Dibújame el tiempo.
Traza con tu voz infinita
el fulgor de las horas
que he pasado contigo.

En cada uno de los extremos de la ingente distancia hay un yo y hay un tú. Los pronombres sin embargo son máscaras intercambiables de una sola esencia que quizá -siempre quizá- posea también el secreto de la cercanía. Lo ingente hacia adentro crece y ahí habitamos, extraña ínsula.

¿Qué dirección es esta que lleva
a ningún sitio?
¿Qué país el que habito
alejado de todo?
¿Qué isla corresponde a mi desobediencia?

Aurelio González Ovies es. como en aquella categoría filosófica de Paul Ricoeur, para Marx, Nietzsche y Freud, un poeta de la sospecha. Porque desenmascara las mismas esencias y porque mira de abajo hacia arriba y decodifica el mensaje de las estrellas, la dulce herida de la luz.

Sospechaba esta herida
en aquella certeza:
te acercaste a mí 
siempre
con ingente distancia.


María García Esperón
Atenas, 9 de junio de 2017.

Entonces


Entonces este ahora de luz se nos abre en las manos y nos fía los secretos de la sombra.
Entonces es un libro que lleva a su poeta hasta el corazón de los lectores, para que ellos lo alberguen, lo interroguen, le den agua y pan y obtengan acaso las respuestas más hermosas y sinceras a todas aquellas dudas que laceran la existencia.
Entonces es un racimo de doradas uvas de palabras, es un árbol que surge de la amada tierra, es secillez y experiencia, aceptación, desahogo y calma.

Aurelio González Ovies ha vertido en este poemario editado por BajAmar el vino exquisito de su sensibilidad y sabiduría. Sus letras caminan con nosotros por las avenidas del siglo XXI, pero pudieron haber caminado de la mano del Tíber al lado de Marcial, de Horacio y de Ovidio. El tiempo que huye y el día que se goza, la imagen de la huerta, el rostro de la rosa, la vida que huele a hierba... me hacen pensar en aquello que dijo Borges, si acaso un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra y ese espíritu del hombre único, esa esencia de lo humano habla por la boca de Aurelio y por su mano se escribe:

Lo nuestro -y es muy poco- está
sobre la tierra.

Es muy poco pero es todo. Es mentira pero con verdad vivida. Y quizás y sobre todo es esperanza y ni siquiera en el otro mundo sino en esta transitoria y falaz, frágil y huidiza, mentirosa realidad:

Esta mentira
en la que voy viviendo
será la verdad única
que llevaré conmigo.

Entonces nos convoca, nos camina, nos pierde y nos hace encontrarnos en una soledad distinta. Clara, amplia, iluminada. Es una habitación esa soledad de Entonces. En ella bien se vive un bien estar con nosotros mismos. En ella todo se acepta porque todo se comprende:

Sentí un dolor inmenso,
como de un gran impacto 
o de felicidad.

Volví los ojos:
comprendí que mi vida
-qué leve soplo-
había pasado.

Entonces tiene seres y hermanos, madre, padre y alma. Y tiene sed, mucha sed de luz que es el agua del poeta y sabe de ausencia y de recuerdo y calla. Y acepta que así sea todo, siempre tarde y nunca y nada. Y que si todo esto es una mentira, habrá que vivirla como una verdad. Y que en la fragilidad de todo lo que nos rodea y todo lo que somos habita, imperecedera, la Belleza.

María García Esperón
Trastevere, Roma, 7 de junio de 2017.





  


Estancia fugitiva


Aurelio González Ovies. Madrid, mayo 2017. Foto: Marigabrielle Carrillo



Esta es mi casa.
Te abro sus puertas.
Entra y comparte el calor
que habito. Mi amor aún
duerme. Mira la vida
que edificamos.
Mira su amparo.

Nada nos falta,
solo más tiempo.

(Aurelio González Ovies)

Si algo nos sucede en la vida fundamental, elusivo, duradero e íntimo, ello ocurre dentro de nuestra casa. Nuestra estancia. La que tenemos o hemos tenido, la que ha sido y la que podría ser. O una mezcla de todos los espacios que han transitado por nosotros, los reales y concretos quizá pasados y los soñados acaso, que podrían ser nuestro futuro.

Aurelio González Ovies, en un año especialmente prolífico,  acaba de publicar Estancia Fugitiva, bajo el sello Creática, en la colección La Grúa de Piedra. El poemario se extiende en un formato horizontal que parece desdoblar el tiempo creativo sobre el tiempo existencial. Ingrávido nos pesa en las manos como solo sabe pesar el tiempo fugitivo, ese que nos deshebra y labra, que nos deja exangües al colmarnos y así todo en contrario de sí mismo desde el fin hasta el comienzo.

El poeta sostiene la tragedia humana del devenir irremediable  con un amor infinito que puede convertir la sombra de la ausencia en presente luz. Así, en Recurrencia, nos dice:

Sueño con lo que tengo.
No aspiro a más
que a despertar
                 día tras día
y al comprobar tu luz
desprenderme de sombras.

¿Hay ejercicio más humano que el intento de habitar en nuestra fugitiva estancia? Ahí crecer, desenvolverse, nacer de un cierto modo, asomarse hacia la muerte, quizá nacimiento o lugar del definitivo encuentro, de la imposible recuperación de las eurídices? Orfeo no lo sabe, no tiene la certeza, de ahí la belleza de su música:

ÓRFICA

¿Si bajara
             a
                         la
                                     muerte,
te encontraría?

El poeta pregunta, porque todos preguntamos o no debemos dejar de preguntarnos por el tiempo, aunque así nos demos cuenta que no sabemos, que no podemos saber a dónde va toda esa ¿aparente?... 

PLENITUD

Solo cuando entro
en ella
                     salgo
de este vacío mundo
que me encierra.

¿Estamos encerrados, entonces? ¿Somos la arena que se desliza hacia otra parte de nuestro propio reloj? ¿De la realidad al sueño y viceversa, en un tránsito de equivocaciones y aciertos que a su vez cambian de signo, acostumbrándonos a su vértigo? Podemos, con el poeta, alcanzar la sabiduría, aventurar el riesgo de una ...

REVELACIÓN

La realidad es
un instante del sueño.
El sueño es una fase
de la mentira.
La mentira es un recuerdo
de una verdad.
La verdad es un resquicio
de la memoria.
La memoria 
el sueño de otra realidad.

Este tiempo que somos y que no sabemos, esta alma y este cuerpo y este amor que somos son estancia fugitiva. Huímos sin cesar y estamos incesantes. Esa condición es nuestra casa. Lo será y lo ha sido. Así nada nos falta, solo más tiempo.

María García Esperón
Roma, 4 de junio de 2017.







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La voz, la tarde... un recital inolvidable en Oviedo



Coordinado por el profesor y poeta Aurelio González Ovies, el recital La voz, la tarde inundó de poesía la tarde del 29 de mayo de 2017 en Oviedo. Los alumnos del taller de poesía del Pumuo-Universidad de Mayores leyeron textos sinceros y bellos sobre su experiencia vital en el que más de una vez la emoción nos puso un nudo en la garganta. Los niños del CP Jaime Borrás, dirigidos por Alfonso Pascón también participaron on un saber estar en escena que a todos nos arrancó entusiastas aplausos.
Un honor participar en este recital al lado de la joven y destacada poeta Sandra Sánchez y del gran Francisco Álvarez Velasco, una de las voces más hondas que tiene hoy la poesía española. Gracias a Aurelio González Ovies por su generosidad infinita y por haberme invitado a vivir esa tarde tan plena al lado de sus alumnos y amigos muy queridos.

En el Colegio Loyola de Oviedo


Magia y frescura poética en el Colegio Loyola de Oviedo al lado de Aurelio González Ovies, el maestro Miguel y los alumnos que se miraron en el espejo de la poesía y aventuraron con buena fortuna su propia voz. Una mañana para la memoria.



Encuentro en Madrid con la poesía de Santiago Montobbio, 25 mayo 2017

Aurelio González Ovies, José López Martínez, Isabel Bueno Bravo. Todos con Santiago Montobbio







Conferencia completa (Audio)



Clásicos al rescate en La Fabulosa Librería de Madrid

Con Ana y Aurelio en la mágica tarde

En La Fabulosa Librería acudieron los clásicos para rescatarnos de la indiferencia y la sin razón, para llenarnos los oídos y el alma con las palabras de Aurelio González Ovies y la participación luminosa de los asistentes: Isabel, Pablo, Pedro, Carolina, Sara... y nuestra anfitriona, también fabulosa, Ana Garralón.






Dictamen de los Años


Los años me lo dictan. Los días me lo enseñan: no busques más allá. Todo está en este ahora. En esta breve estancia que va de ti hasta mí. En esta circunstancia que tal vez ni transcienda. En la gente que está, siempre más siempre, siempre. Aunque no los abraces, aunque no sean de cerca. En los seres que son, por encima de todo, no por ser como quieres, sino porque ellos son como quieren y gustan, te agrade o perjudique, te incomode o te hiera. Mas son así y son ellos, los que nunca te buscan cuando te necesitan. No aquellos que te añoran tan solo cuando ven que faltas o te alejas.
Todo está aquí y ahora. En la luz que ilumina los instantes difíciles. En las manos que saben que tus manos no aprietan. En la voz que presiente que tu voz ya no habla con aplomo y hondura. Que tus ojos no miran con igual perspectiva. Que tu realidad se estanca y ya no sueña. Ese es el equipaje para cualquier camino. Esa es la compañía para todo el trayecto. Ese es el mejor séquito para la vida entera. Los que intuyen el aspa de un leve movimiento. Los que nunca preguntan cuánto te has confundido. Los que en noches cerradas te perciben a tientas. Los que extienden los brazos cuando aún queda mucho por recibir o dar. Los constantes, amigos. Los que estuvieron, sí, pese a distancia y frío, pese a tiempo y penurias, pese a bruma e inclemencias.
Aquí y ahora, todo. Ahora, como esa luz tan frágil que nos cierra la tarde o agrieta la mañana. Como cuando tú lees lo que yo escribo, que es pura coincidencia. Como estos pasajeros estorninos que cruzan el cielo de febrero o esta nube que anuncia la lluvia repentina. Aquí, con esta sensación de perdurar tan poco. Bajo este cielo anclado con vistas a la tierra. Muy cerca del destino a cada paso dado. Muy al norte del sur de las estrellas.
Los días me lo anuncian. Los años me lo enseñan. Es demasiado tarde para volver atrás y no alcanzar más que sombras de sombras. Tarde para perder un hueco en la ocasión que acude, instante a instante, y encaramarse al carrusel del mundo. Y tarde, casi, incluso, para no proceder con mesura y firmeza. Tarde como cualquier indecisión u olvido. Muy tarde para siempre, como cualquier irreparable pérdida.

(La Nueva España, 15-02-2017)

La palabra viva de Aurelio González Ovies




En los Encuentros Poéticos del Antiguo Instituto en Gijón, Francisco Álvarez Velasco presentó a Aurelio González Ovies el 10 de febrero de 2017. Se contó con la participación musical de Dani García de la Cuesta.
Poesía desde el Norte se llamó esta oportunidad extraordinaria en que, para empezar, Paco Álvarez Velasco emocionó a los 150 asistentes con un sentido retrato, paseo poético en el que conjugó la más entrañable literatura española en tiempo de Aurelio: sencillez, humanidad y belleza.
Posteriormente el poeta hizo una recorrido por toda su obra, comenzando por lo que él designa el paraíso, los poemas de juventud de La hora de las gaviotas, los eternamente jóvenes de Nada; ofreció su poesía para niños, también poesía sin edad, la indagación en la naturaleza humana y el sentido del hombre en la tierra en Tierra de nada, el hontanar de la lengua asturiana en Ubi sum, poemas inéditos de su última producción y en voz de Francisco Álvarez Velasco el primer poema de Vengo del Norte. Porque nunca es puntual el tiempo para dejarnos solos, Aurelio dejó una esperanza infinita en el último poema que leyó, que bien se duele, pero mejor espera:

Dejo encendida, siempre, la luz por si volvieras 
y una llave detrás de las macetas.

Gracias a Angélica Menzinger, que formó parte de esa asistencia emocionada en el Antiguo Instituto, nos ha llegado a esta orilla el recital Poesía desde el Norte. En estos días que corren y en todos los días, la obra del poeta asturiano es ese lugar en el que todos podemos reconocernos y comunicarnos, hacer la paz y romper los nombres, beber agua fresca del manantial de la Palabra. La Palabra siempre viva de Aurelio González Ovies.

Diciembre



Estos días no son como aquellos que fueron. La ilusión relucía con los primeros astros, en la voz montaraz de las mañanas, en el hielo afilado del camino. Diciembre, baja la luz como evocada y lenta, estrena el frío sus petirrojos tímidos. Nada existe alrededor más que narvaso y vaho que despide la tierra. Pero soñamos. Estos días del año no son como ninguno. Parece que la vida es menos peligrosa, que silencia sus garras y aminora su ritmo.  Soñamos como sueñan los brotes de las zarzas, los vástagos del mar, los sueños campesinos. De la escasez germina la abundancia, así nos lo enseñaron y así nos lo aprendimos.

En los escaparates, entre las zapatillas y el jabón y algunos polvorones esparcidos, ponen unas bombillas que apenas iluminan, pero llenan de magia los objetos, a los pocos paquetes que hay expuestos, a los frascos con agua de colonia, a los pañuelos blancos con la inicial bordada, a la torta exquisita de pan de higo. Es la misma ventana del bar tienda de siempre, donde anuncian alubias y caldo y funerales, pero en diciembre todo deja de ser lo mismo. En diciembre las horas vienen con más holgura, suceden despaciosas y huelen a humildad como huele el cocido.

En casa también suena un tiempo muy distinto. A la entrada, mi madre, entre algodón blanquísimo, sobre la zapatera, pone a dormir al Niño. Y tan pronto abre la caja con guirnaldas y adornos, que duerme todo el año encima de un armario, y se coloca el árbol, en un tiesto cubierto con papel plateado, al fondo del pasillo, algo cambia en el mundo de sus cuatro paredes, como si un brillo extraño alumbrara los cuartos, como si una esperanza se ocultara en los techos, como si algo en nosotros intuyera una estrella. Despide todo copos de cariño.

En la escuela se nota más que en todos los sitios. Los maestros no pegan ni castigan ni riñen como hacen casi a diario. Dibujamos estampas y rotulamos ángeles, llenamos las ventanas de acebos y belenes y campanas y cirios. El mes entero estamos preparando estas fiestas, con la estufa encendida, sin quitar el abrigo, recortando y pegando, recitando oraciones y ensayando estribillos de villancicos. El paisaje es muy triste pero vale la pena. Oscurece enseguida, enmudece la luna. Los árboles se quedan desnudos y callados. Y se ven muy nevados, a lo lejos, los Picos.

(La Nueva España, 08/12/2016)

Como yo te imagino



1 Nov 2016

Aurelio González Ovies

A María Elvira Muñiz,
in memoriam

Marial, te entrego el mar que a mí me pertenezca y de tu inmensa hondura le propones un fondo. Te ofrezco el horizonte de Verdicio, sus tardes silenciosas, su ganado paciendo, sus maizales extensos como la claridad de agosto. Te doy frutas maduras, legumbres muy tempranas de un libro que escribí sobre la tierra.

Yo te imagino, a veces, en las sombrías riberas de un río manriqueño; refrescando los pies en las pozas profundas de sus sílabas. Te veo en una orilla donde las olas beben sus encabalgamientos. Vas playa adelante y es verano. Llevas en torno a ti anáforas de luz y blancas mariposas en hipérbaton. Y te gusta observar cómo se escurre el oro de la arena entre los dedos, la lejanía de las gaviotas que rondan los pesqueros, la sal de la nostalgia con que compone Alberti.

Te sospecho en el norte de tu infancia, sobre un verso muy tierno de Neruda. Entre el veloz nordeste que agita las coladas. A través del invierno y sus hórreos de frío. Te supongo sentada, con muñecas y estrofas, en antojanas rústicas donde ya te cegaba el sol sobre la cal de los muros inéditos de Juan Ramón Jiménez.

Marial, te mereces las sábanas bordadas de la literatura, el aroma a manzana plegado entre las páginas de Asturias. La niebla que desprenden las cantinelas nobles de los agricultores. Las letras capitales de la historia de un siglo que te rinde su historia. Mereces la ternura y el entusiasmo con que injertaste esquejes de la lírica.

Yo te imagino siempre con un libro en el pecho, sola, recostada entre espigas y amapolas de Claudio; ventilando romances de Machado en los páramos; acariciando el ritmo y la sintaxis. Enseñando a soñar en las aulas inhóspitas a los adolescentes, que hoy te llaman maestra y te llevan presente, en el amor, la vida, la memoria y la poesía toda que guarda el universo.

Marial, estas palabras mías no son más que palabras, pero quiero que sean admiración en quiasmo, sinónimas de gracias, metáfora de un beso, de todo mi sentir, mi admiración sincera, mi amistad verdadera y hectáreas enteras de cariño y respeto.

GRACIAS SIEMPRE. DESCANSA
 

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